Blastocito siempre ha sido un bebé “fácil”, come de lujo, duerme del tirón hasta las siete desde los dos meses de edad, es sencillo consolarlo, nunca ha tenido un cólico,… “¡Qué suerte habéis tenido!”, dicen todos, y tienen razón. Gracias a eso puedo hacer muchas cosas cada día con la frescura que el buen descanso permite.
Desde hace un par de semanas, sin embargo, nuestro pequeñajo empieza a moverse en la cuna sobre las 5 de la madrugada y, si lo dejas, cada vez se agita más hasta que se despierta bastante irritado. Desconocemos el motivo, suponemos que podría ser la molestia de los dientes, o quizás el bochorno que hace en la ciudad; en cualquier caso al tercer día yo ya empezaba a acusar sueño acumulado y Tanis había pasado la tres mañanas soñoliento y mosqueado.
Al día siguiente cuando empecé a oírlo revolverse, sintiéndome ya medio exhausta, lo cogí y lo acosté a mi lado sin dejar que se despertase del todo. Mientras lo acariciaba ambos nos dormimos de nuevo, hasta ¡casi las ocho menos cuarto! Con la luz del amanecer tomé conciencia poco a poco de unos pequeños deditos reposando en mi mejilla. Es un tacto peculiar el de la mano de un bebé en la cara; si lo habéis experimentado recordaréis la suavidad extrema, lo diminuto de las yemas, como si fuera un muñeco. Al entreabrir los párpados me lo encontré restregándose un ojo a escasos centímetros de mi cara, ¡qué cosita más dulce y rosa, parece hecho de algodón de azúcar!, en ese momento me miró y me dedicó una sonrisa espontánea y sincera como sólo puede serlo la de un niño pequeño, y volvimos a quedarnos traspuestos un par de minutos. Lentamente y sin palabras, acurrucándonos, oliéndonos, retozando, fuimos entrando en el mundo de la vigilia.
Ya llevamos así dos semanas, y lo que pudo haber sido un problema se ha convertido en los más tiernos despertares; somos madre y cachorro, naturales, salvajes, felices. (Y descansados, jajaja).




